Aunque el flujo de curiosos venidos de otros lugares, todavía era importante; la normalidad se iva apoderando de la isla y los habitantes retomaban su pulso cotidiano, de voces y pasos quedos; pasando página a tal situación vivida.
Todo parecía indicar, que el tan temido volcán submarino, tenía los días contados; pues sus intervenciones en el Mar de las Calmas, eran cada vez más espaciadas y discretas.
Pero la realidad no era tal.
En una pequeña cala, de muy difícil acceso, entre azules aguas de brillo fosforito, descansaban sobre la arena, restos de vestigios de otras civilizaciones aborígenes. Bien podríamos pensar, que perteneciesen a la mágica y misteriosa isla de San Borondón; pero no lo creo.
Volvemos a empezar.


