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miércoles, 19 de septiembre de 2012

13, RUE DEL PERCEBE



Nunca hubo una comunidad, con unos inquilinos de tan acusada personalidad; como la 13, Rue del Percebe.

El moroso del ático, el caco del tercero, los niños terribles, la anciana amante de los animales, el sastre, el veterinario, el científico loco, la dueña de la pensión y sus inquilinos, la portera, el tendero y el señor de la alcantarilla.

Tal es la manera característica de pensar, actuar o sentir de los personajes y de la propia comunidad en conjunto; que de largo, la distinguen entre otras. Claro ejemplo es, cuando por circunstancias un tanto surrealistas; descubren en el fondo de la alcantarilla, un enorme yacimiento de gasolina de 98, (y digo gasolina, no petróleo) que vendieron superbién, a una multinacional del ramo.

Con la pasta gansa, la susodicha comunidad; puso pies en polvorosa, antes de que se descubriera, que el yacimiento no era tal, sino continuas filtraciones de una refinería próxima.

Hasta hoy, su paradero era desconocido. Eso sí, siguen viviendo todos juntos, en un exquisito edificio; donde además comparten dependencias con otros personajes tan particulares y entrañables como: La familia Ulises, La abuelita Paz, Superlopez, Mortadelo y Filemón, Carpanta, Las Hermanas Gilda, Don Pio, Angelito Gugú, El Caco Bonifacio, La familia Cebolleta, Petra criada para todo, Zipi y Zape, Dª Urraca, Anacleto agente secreto, Pepe Gotera y Otilio, Rompetechos y otros cuantos más, que no recuerdo.

Todo esto, lo sé de buena tinta; me lo conto el Botones Sacarino y un tal Sr. Merkel, administrador de la tan peculiar, 13, Rue del Percebe; una calurosa tarde de verano en la ciudad de, de, de, (quuuue latra, ia se ma buetro atascrar el treclado).



jueves, 6 de septiembre de 2012

FUERA DE CARTA


Ordenadamente, nos fuimos acomodando en las mesas de aquel viejo restaurante del barrio de Charlottenburg; con la intención de saborear, el tan famoso codillo berlinés.

Nada que pedir, salvo las bebidas; todo estaba organizado.

Comenzamos con un particular gazpacho, que a duras penas se dejaba comer; dejando la mayoría de nosotros, gran parte del mejunje. Vistos los resultados; recelosos e impacientes, esperamos el plato fuerte.

Con parsimonia estudiada, un par de camareros entrados en años; fueron sirviendo tan popular majar, a la vez que, quienes lo iban probando, mostraban claros signos de desagrado. Una carne seca, muy seca, pegada a un negro hueso y rodeada de papitas fritas-frías, espera ser sustituida por un postre.

Ante tal situación, intentas relajarte, estudiando la decoración del recinto, deteniendo la mirada en una ventana donde, a través del cristal, una pareja de adolescentes, se funden en un fresco, suave y cariñoso beso.

Lo más tierno que vi en aquel restaurante; por supuesto, fuera de carta.